CUENTO
¿No lo podrían dejar enterrado? Por Carlos Ponce Melendez
Publicado en Contrapuntos, Febrero 2019.
Cuando un terremoto sacudió a la Ciudad de México en
2017, la policía localizó a la esposa de Juan Nepomuceno Juárez para darle la
noticia de que habían encontrado a su marido atrapado entre los escombros del
estacionamiento de un motel. En una patrulla la trasladaron a ella y a su madre
al edificio semi derrumbado del motel de paso “El Buen Rato.” Al llegar al
lugar, el capitán de bomberos, Uriel Martínez, le aseguró a doña Raquel que
había varias brigadas de socorristas trabajando para rescatar a Juan y tenían
la esperanza de poder sacarlo vivo para esa noche. Raquel agradeció las
palabras de capitán y se retiró a hablar con su mamá. A Martínez le extraño que
la mujer no mostrará mucho júbilo pero lo atribuyó a que ya llevaban dos días
desde el temblor y la gente estaba agotada y deprimida. Después de unos treinta
minutos, doña Raquel se acercó al capitán de nuevo y le pidió hablar con él en
privado. Martínez se extrañó pues eso lo quitaba de la labor de rescate pero llevó a la mujer a un lado del edificio que estaba solo. “¿En que le puedo
servir señora Juárez?” “Pues verá oficial, no me resulta fácil decirle esto
pero le quisiera pedir un favor.” “Si, dígame señora, ¿en que la puedo ayudar?”
“¿No sería posible que dejaran a mi esposo enterrado?” El bombero se sintió
mareado ¿había oído bien? Decenas de hombres estaban jugándose la vida por
salvar a un individuo y su mujer quería que lo dejaran morir. Era la primera
vez en su vida que le pasaba algo semejante, ¿Qué clase de esposa era esa
alimaña? ¿una viuda negra que quería aprovecharse de una desgracia para
deshacerse de su marido tal vez por un seguro de vida o un triángulo amoroso?
La señora Juárez aprovechó el desconcierto del capitán para explicarle: “no
piense que soy una desalmada señor, lo que pasa es que mi marido dista mucho de
ser un buen hombre. A pesar de que llevamos veinte años de casados y tenemos
nueve hijos, no me da para el gasto, me pega casi todos los días y a mis hijos
los tiene aterrorizados a base de golpes e insultos. Ni más ni menos, el día del
terremoto yo fui a cobrar lo que me debía una señora a la que le lavo ropa, iba
a usar ese dinero para comprar las medicinas para mi hija menor que está muy
grave con neumonía pero en cuanto Juan se dio cuenta que yo traía dinero me lo quitó a la fuerza y se largó a la cantina. Allí es donde consigue suripantas y
de seguro que estaba en el hotel con alguna de ellas.” La cara de la mujer
mostraba una tristeza infinita y las lágrimas se le asomaban por sus cansados
ojos a la vez que subiéndose las mangas enseñaba moretones y cicatrices viejas
y recientes, marcas de una vida difícil, su dentadura revelaba solo la mitad de
sus dientes, de hecho, aquella mujer que debería andar por los 45 años parecía
tener al menos 20 años más.
El bombero se quedó con la boca abierta, así que ellos
estaban trabajando bien duro para salvar a un maldito borracho abusador. Miles
de ideas circularon por su mente en un instante pero solo alcanzó a balbucear,
“Señora Juárez, yo no puedo dejar que su marido se quede enterrado si es que
puedo salvarlo. Es mi obligación, es la obligación de los bomberos, nosotros no
podemos tomar decisiones de a quién salvar y a quién dejar morir. Si su marido
la maltrata tanto, usted puede ir a las autoridades y hacer que la policía lo
detenga y lo meta a la cárcel pero por lo pronto yo voy a seguir escarbando
para sacar a ese hombre.” Al discurso del bombero se unían gritos de sus
compañeros que le exigían que volviera a su labor, “Uriel vente a apuntalar un
palo en la esquina,” Uriel, apurate, traite botes para sacar los escombros que
nos están estorbando.” Sin decir más, el bombero se dio la vuelta y se alejó
rápidamente para seguir trabajando. La cara de Raquel no mostró ninguna
emoción, estaba acostumbrada a perder y sabía que su petición al bombero era
descabellada. Pero había querido tratar de aprovechar la oportunidad, si su
Juan moría, ella y sus hijos tendrían un poco de paz, un poco más de dinero, ya
ella no luchaba por su felicidad pero no quería que sus hijos siguieran
sufriendo con los golpes e insultos de su padre.
Uriel trato de ocultar su confusión trabajando más
duro pero no podía quitarse de la mente las palabras de la mujer y es que le
recordaron su infancia, él también había sido víctima de un padre violento que
golpeaba a su madre. A pesar de sus ruegos y amenazas su papá no paraba de
buscar cualquier pretexto para pegarle a Refugio, su mama. Como el día en que
se enteró de que ella había acudido a denunciarlo a la policía. Eso lo
enfureció como nunca. Después de ir a la delegación a declarar y prometer que
ya no iba a maltratar a su mujer, llegó como a la casa haciéndose el tono:
“¿así que no te gusta cómo te trato mi vida? ¿Pues porque no me lo habías dicho
antes mi cielo? Mi amada Refugio” La pobre mujer estaba confundida ¿hablaba en
serio su marido? “No pido mucho Gonzalo, nomás con que no te enojes tan
fácilmente me conformo. Si me dices lo que quieres yo lo hare para que no te
sulfures y no avientes las cosas.” Pero Gonzalo, esbozando una sonrisa
maliciosa agarro el plato de frijoles que le acababa de servir su mujer y
tirándolo al suelo le dijo: “pues que bueno que me lo dices porque de ahora en
adelante quiero que comas del suelo, ese es tu lugar, vieja maldita. Arrastrate
para tragar la comida que yo te doy a ti y a la bola de escuincles que ya me
tienen hasta el gorro y si cuando venga la idiota de la trabajadora social a
ver si tienes quejas de mi le dices algo, te lo juro que te mato. No me importa
si voy a dar a la cárcel, nadie me va a quitar el placer de golpearte hasta que
me canse ¿me entiendes?” desde ese día Gonzalo fue muy cuidadoso de pegarle a su
mujer con una almohada para no dejar huella de sus abusos y cuando la
trabajadora social se presentaba a visitarlos Gonzalo actuaba tan convincente
que la mujer no sospechaba nada, tanto así que la trabajadora les comunicó: “me
da mucho gusto que todo se haya arreglado, yo creo que su caso no era tan grave
así que ya no los voy a volver a molestar. Tengo tantos casos que no me doy
abasto, ¿está de acuerdo señora?” Su mama estaba aterrada pero no se atrevió a
contradecirla enfrente de su esposo, temía que al irse la mujer su esposo
cumpliera sus amenazas de matarla. “Si señorita, mi Gonzalo ha cambiado mucho,
le agradezco mucho lo que hizo por nosotros.” Pero en cuanto la trabajadora
social abandonó la vivienda Gonzalo se jacto: “Ahora si vieja, ya no tendré que
pegarte con guantes, nomás que me hagas enojar de nuevo y vas a ver cómo te va
a ir.” La siguiente semana Gonzalo llegó borracho y maldiciendo a todo el
mundo. Comenzó a romper los platos, las sillas y todo cuanto se encontraba a su
paso. Uriel, ya de catorce años trato de calmar a su padre pero éste la
emprendió a golpes contra su hijo. Sus dos tres hermanos, menores que él,
gritaban desesperados pero Gonzalo no paraba de tirarle puñetazos a la
ensangrentada cara de Uriel. Casi estaba por desmayarse cuando se dio cuenta
que los golpes había parado, cuando abrió los ojos, pudo ver que su madre había
golpeado a su marido con la plancha. Gonzalo sangraba pero sus ojos denotaban
una furia que nunca le habían visto, agarrando a su mujer por un brazo, le arrebató la plancha pero esta cayó al suelo. El hombre se abalanzó sobre su
esposa tirándola al suelo. Entonces comenzó a patearla con todas sus fuerzas.
Uriel recogió la plancha del suelo y con ella golpeó a su padre con todas sus
fuerzas. Gonzalo cayó redondo en el suelo y solo alcanzo a voltearse a ver
quién lo había golpeado, al ver a su hijo con la plancha le dijo: “de esta no
vas a salir vivo maldito. Te voy a matar a ti y a tu puta madre que tanto
quieres.” A duras penas el padre se arrodilló para levantarse, pero el terror se apoderó de Uriel quien
instintivamente le propinó varios golpes en la cabeza con el instrumento que tenía
en la mano. No supo cuántas veces le pego pero vio que el cuerpo de su padre cayó el suelo pesadamente. Ya no volvió a hablar no a tratar de levantarse.
Refugio declaró que ella había sido quien había golpeado a su marido con la
plancha. El juez la reprimió con el pretexto de que se le habían dado todas las
facilidades para que ayudara a reformarse a su marido y está en lugar de tomar
ventaja de la ayuda había decidido matar a su marido. Su condena, quince años
de cárcel. Desde entonces Uriel se encargó de sus tres hermanos menores con la
ayuda de su abuela y de un tío que de vez en cuando les pasaba un poco de
dinero para ayudarlos. Trabajando de mandadero, mesero, cargador y después de
chofer, Uriel logro sacara adelante a sus hermanos y el mismo estudio para
mecánico. Cuando entro a trabajar al cuerpo de bomberos para arreglar los
vehículos averiados Uriel se enamoró de la función de esa institución y al poco logró que lo admitieran de aprendiz y luego de cadete bombero. Al poco tiempo
se casó con una enfermera y con la llegada de dos hijos se dio por satisfecho.
Su mayor pena fue que su madre muriera en la cárcel aunque ya para entonces
ella sabía que su hijo tenía un buen trabajo y los días de visita le llevaba
comida y dinero para que se pudiera comprar fruta, dulces y refrescos que vendían
en la cárcel.
Adán salió del estrecho agujero por el que apenas y
cabía una persona, “ya casi esta libre, solo falta quitar unos palos que
estorban para sacarlo y habremos triunfado” dijo el bombero con orgullo. “Te
toca la última parte,” dijo el supervisor a Uriel, “acuérdate de proceder con
mucho cuidado pues si te entusiasmas le puedes zafar un brazo o una pierna.” La
mente de Uriel regreso de sus memorias lejanas y apenas y alcanzó a asentir con
la cabeza a la vez que comenzó a deslizarse por el hoyo. En el departamento él
y sus compañeros estaban bien entrenados a concentrarse cuidadosamente en cada
paso para no cometer un error y para desechar cualquier asomo de angustia,
miedo, ira, que pudiera interferir con cada rescate. Pero Uriel no pudo controlar
sus pensamientos por más que trataba de seguir las reglas tantas veces
ensayadas; “una cosa a la vez, voy a salvar a una persona, esto es el honor más
grande que puedo tener como bombero. Aun cuando en este caso se trate de un
maldito borracho, hijo de su perra madre. ¿Qué estoy pensando? Por dios, tengo
que cumplir con mi deber, además la mujer me pudo haber mentido, o al menos ha
de haber exagerado, todas las mujeres lo hacen. ¿quién sabe? Se veía sincera,
me pareció ver la cara de mi madre en su expresión, y no me extrañaría, mira
donde estaba este hijo de perra, en un hotelucho. Roberta, la mujer que sacamos
ya nos confirmó que estaba con ese hombre y hasta dijo que a la mejor se había
caído el hotel porque el tipo le pegaba. Maldito, nosotros arriesgando la vida
por salvar a un hijo de la chingada que se la pasa haciendo sufrir a quienes
puede. Tal vez sería mejor dejarlo morir, total que eso sería mejor para mucha
gente, diablos ¿Qué estoy pensando?” Los pensamientos conflictivos lo
atormentaban pero seguía excavando mecánicamente, “esta vez no siento alegría
como otras veces, no se para que me dijo esa mujer que su esposo la maltrata,
me siento mal, si lo saco me va a dar remordimiento pero si no lo saco me va a
ir peor, voy a ser un criminal y capaz que me echen del equipo o que vaya a dar
a la cárcel, Dios mío ¿Qué debo hacer?” Uriel oyó un quejido: “aquí estoy,
sáquenme que me muero, no puedo respirar, aire, aire.” Uriel vio la pierna del
viejo y comenzó a mover los maderos que tenían atrapado al hombre. Con la luz
de su lámpara vio que el tipo era un individuo flaco, le pareció patético,
distaba mucho de la imagen que se había hecho de él. De hecho el viejo
golpeador se veía aún más viejo que su esposa. “¿Cómo puede golpear a su mujer
si está tan debilucho?” ya sin las vigas que lo tenían atrapado lo comenzó a
jalar hacia él poco a poco, el hombre pudo voltear la cara hacia él y Uriel
casi se ríe; se le figuro un pájaro aterrado. “Me duele todo, por Dios que me
duele todo, he de tener rotos todos los huesos,” dijo Juan. “Pues así es como
le duelen los huesos a su mujer cuando usted la golpea” se le salió decir a
Uriel. Inmediatamente se dio cuenta de su imprudencia pero ya era muy tarde, la
reprimenda le había salido de muy adentro de su ser, era como una recriminación
a su padre. El hombre abrió los ojos desmesuradamente al sentirse atrapado en lo
físico y en lo moral, su boca se le torció sus ojos parecían volar de una
esquina a la otra. Uriel no supo porque pero le causo una lástima inesperada el
ver el gesto del sujeto al que un segundo antes quería ver morir. “No se
preocupe hombre, yo no lo voy a dejar morir, lo voy a sacar a como dé lugar.”
Para sorpresa de Uriel, Juan retiró su pierna de la mano de su rescatista
violentamente y se aferró a un tubo que estaba cerca de él. Uriel se
desconcertó, era la primera vez que le sucedía que una persona se negara a ser
rescatada. “Ya le dije que no tenga cuidado, lo voy a ayudar a salir, lo que
pase con su mujer no es mi asunto, yo no soy policía.” ‘Entonces porque me
acusa de pegarle, ¿acaso le consta? ¿Qué le dijo mi mujer? Yo apenas y la toco
y ella dice que la golpeo pero no es cierto, algún aventón le habré dado pero
nada más.” Uriel se sintió arrepentido de haber reprochado al teporocho su
conducta con su esposa, después de todo, Juan tenía razón, a él no le constaba
que él la maltratara y aun si lo hiciera, él no tenía derecho a juzgar a sus
semejantes. Un sin fin de emociones le llenaron la menta, me está mintiendo, es
un pobre jodido, me está poniendo en peligro al no cooperar, puedo perder el
trabajo que tanto me costó conseguir, es igualito a mi padre, ha de estar mal
de la cabeza, lo debería dejar que se pudra en este hoyo, a pesar de todo es un
ser humano. Uriel respiro profundo y se concentró en lo que había aprendido,
hacer lo mejor que podía, un paso a la vez, en este caso trataría de volver a
ganarse la confianza del hombre para que cooperar. “Mire amigo, yo también
tengo familia, tengo dos hijas chicas y luego mi esposa, a veces yo también tengo
problemas con mi mujer pero todo se puede solucionar con un poco de tiempo y
hablando. Estoy seguro de que a usted le pasa igual, vamos a salir de este hoyo
y verá que todo se va a arreglar con la bendición de Dios.” “No pues usted no
conoce a mi vieja, yo si la quiero pero ella no entiende que uno como hombre
tiene necesidad de tener una aventurilla de vez en cuando. Nada serio, ella
seguiría siendo la catedral y las demás solo son capillitas pero Raquel no
entiende, por eso a veces si le he pegado, pero ni crea que con fuerza, ¿A poco
cree que no la hubiera matado si le hubiera pegado con ganas? Pero Raquel no me
entiende. Así era mi padre y mis tíos, si ella no quería esta vida mejor no se
hubiera casado conmigo. Ella ya sabía cómo somos en mi familia, casi éramos
vecinos así que estaba enterada de nuestro modo, a ver, y Roberta, la mesera
con la que estaba en el hotel nomas es una capillita, ¿a poco usted no ha
tenido sus deslices por allí?” Uriel podía contestar que no pero no quería
alienar a su rescate así que mintió, “Bueno pues para que le voy a decir que
no, yo no soy mujeriego pero como hombre pues he tendido mis tentaciones.” “¿Ya
ve?, ¿Ya ve lo que le digo? Pues es lo natural, así nos hizo Diosito y nosotros
nomas picamos por aquí y por allá pero volvemos a querencia.” Uriel siguió
escuchando al sujeto que seguía hablando con mucho entusiasmo. Cuando sintió
que ya se lo había ganado hizo su siguiente movimiento, “disculpe ¿Cómo me dijo
que se llama?” “Juan, Juan Nepomuceno Juárez para servirle, vecino de este
barrio de toda la vida y carpintero de los buenos, ahorita ando de capa caída
porque perdí mi trabajo pero nomas que me den un martillo y unos clavos y yo le construyó una casa en un par de días.” “Ha pues es bueno saberlo porque precisamente
yo estoy buscando quien me haga unos roperos para los cuartos de mis hijas.”
“Pues nomas me da las medidas y el estilo que lo quiere y verá que chulada de
muebles le hago, y le doy precio barato.” “Fantástico, nomás que primero tenemos que salir de aquí, a ver, déjeme jalarlo de la pierna y usted vaya
empujándose con las manos poco a poco.” Juan se volvió a deslizar hacia el
bombero y los dos comenzaron a escurrirse hacia la salida. La maniobra fue
extremadamente lenta, pues había partes por las que apenas y cabían sus
cuerpos, pero al cabo de dos horas que parecieron eternas los pies de Uriel
fueron capturados por sus compañeros, y ya con la ayuda de los demás
rescatistas los dos hombres quedaron libres. Un gran número de gente veía desde
lejos, acordonados por la policía para que no estorbaran, y al ver la salida
del rescatista y el rescatado comenzaron a aplaudir y a echar porras a los
bomberos, a México, a la Virgen de Guadalupe. También había varias cámaras de
televisión y decenas de reporteros, advertidos por las autoridades, los
camarógrafos y fotógrafos, se habían apostado en lugares estratégicos para
poder captar imágenes que, de seguro serán vistas por millones de personas en
todo el mundo. Tanto Uriel como Juan esbozaba sonrisas de oreja a oreja, era
como volver a haber nacido. Los compañeros de Uriel lo abrazaban efusivamente y
Juan al ver a su mujer fue a abrazarla llorando: “perdoname viejita, te lo juro
que ya no volverá a pasar. Mira que esto fue un milagro, ya hasta salí con una
chamba.” La desconcertada Raquel abrazo a su marido forzada por los gritos de
los presentes, él parecía sincero, y por otro lado todo mundo los estaba viendo
así que, aunque escéptica, acepto el abrazo de Juan sin decir nada. En ese
momento, Roberta quien había estado recuperándose en una silla en el puesto de
la Cruz Roja, llegó por detrás de Juan con un tubo de los desechos del derrumbe
y le propinó tal golpazo en la nuca a su amante, que este cayo como saco de
papas. “Así que me estabas engañando y ni pensabas dejar a tu mujer, rata
infeliz, pues has de saber que conmigo no se juega.” Un bombero que estaba
cerca de ella la detuvo para que no siguiera golpeando a Juan. Una enfermera llegó a atender al herido en menos de diez segundos pero el rescatado del
derrumbe no pudo ser rescatado del tubazo, fue declarado sin vida ahí mismo.
